lunes, 29 de julio de 2013

El drama musical paraguayo: el leitmotiv recurrente de la frustración artística.

Paraguay es un país abundante en artistas y caldo de cultivo de expresiones artísticas admiradas en el mundo. Esto es visto desde afuera. Sin embargo, dentro del país, la realidad es distinta. La profesión artística, en el contexto nacional,  no es reconocida como tal, en el sentido de actividad debidamente remunerada y respetada socialmente. Ni qué decir de constituir el sostén principal y ocupación primordial del individuo que ejerce la profesión en cuestión. Salvo contadísimas excepciones, el arte aquí es relegado a nivel de afición o hobby.

 

Pero aquí abordaré, específicamente, la situación de un género musical, difícil de explicar a la mayoría que carezca de formación elemental en este arte, y muchas veces víctima estereotipos peyorativos: la música clásica.  No es mi intención explicar aquí qué es realmente la música "clásica", también conocida con el nombre de música académica, sino abordar a grandes rasgos su problemática en el país, y atisbar alguna que otra humilde propuesta para intentar revertir la situación imperante.

 

El país ha conocido en el pasado grandes cultores de la música universal y pura – por citar unos pocos: Flores, Barrios, etc-, y actualmente conoce una nueva generación de músicos, Sánchez Haase y Berta Rojas siendo algunos, con una presencia sólida en los teatros y universidades internacionales. Sin embargo, pese a estas pocas estrellas que se tiene la suerte de disponer, las condiciones para fomentar el surgimiento de una 'oleada musical' en el Paraguay, con múltiples talentos jóvenes acertadamente aprovechados, y con abundante oferta y demanda escénica, están ausentes.

 

Para comenzar, estas escasas estrellas arriba levemente mencionadas, fueron formadas casi íntegramente en el extranjero. Es vox populi que nuestros conservatorios –estatales y privados- apenas preparan a los jóvenes para las condiciones de enseñanza del exterior, con mallas curriculares y didáctica obsoletas. Con profesores, a menudo nombrados por cuestiones políticas o amiguismo antes que por un reconocido currículum –lo cual es el caso de los conservatorios públicos-. Para hacer memoria, basta recordar a principios del 2012, la injusta y poco clara remoción del Mtro José Luis Miranda de la dirección del Conservatorio  Nacional de Música, quien intentó dinamizar y actualizar la institución.

 

Si bien ya disponemos de dos universidades que imparten música como formación superior (la Universidad Nacional de Asunción y la Universidad Evangélica del Paraguay), el nivel está aún muy por debajo de los estudios superiores en música de los países vecinos, llegándose incluso a admitir estudiantes que no leen música todavía.

 

Muchos talentos jóvenes son desperdiciados, ahogados y hasta eliminados por la situación abrumadoramente desfavorable de la enseñanza local, y son sólo unos pocos los que pueden buscar una salida al exterior. Una salida costosa y no apta para la mayoría.

 

Otra cuestión de suma importancia es la salida laboral del joven músico. Un músico profesional, de ser instrumentista,  debe tener al menos 4 a 8 horas diarias de práctica o bien, de estudio, si se dedica a las labores de dirección, arreglos o composición. Es una actividad, que de emprenderse cabalmente, no da –o no debería dar– lugar a otra ocupación.

 

Sin embargo, los espacios son escasos. Poseemos pocas orquestas que puedan absorber la oferta de músicos jóvenes que se está formando en los diversos conservatorios. Y constituyen las orquestas, y las compañías de ópera, los ámbitos laborales más estables que un músico clásico pueda aspirar. Pero aún así, la paga no siempre es la adecuada, teniendo que suplementar el magro salario con diversas labores de docencia. Y peor aún, los salarios suelen sufrir retrasos. Ni hablar de seguro social o jubilación.

 

Así, tenemos a muchos músicos nacionales que optan por trabajar y hacer carrera en el extranjero. El joven tenor paraguayo José Mongelós es un claro ejemplo.

 

Pero hay un problema más grave aún, que todo lo anterior: una tímida demanda, y como consecuencia, la falta de atención de parte de los sectores estatal y privado. Si bien hay un público fiel que llena los pocos escenarios, el mismo se mantiene estático, incrementándose solamente por la integración constante de nuevos estudiantes de música. Y esto es grave, puesto que el propósito de una obra musical es el de ser degustada no sólo por los músicos, si no principalmente por los no-músicos.

 

Incentivar la demanda es esencial para revertir todas estas situaciones, y es aquí donde debe ejercerse la mayor presión: conciertos gratuitos de estudiantes, proyecciones gratuitas de conciertos grabados, talleres abiertos para todo público, difusión por medios de comunicación, aprovechamiento de las redes sociales y el Internet. Desgraciadamente, en septiembre del año pasado, la FM Concert dejó de existir como radio de música clásica, pero esto puede suplirse, y hasta superarse, a través de muchos nichos que esperan ser aprovechados.

 

En la música específicamente, el público se educa, y por consiguiente, sin educación no hay público. Es por esto que muchas personas son reacias a la música clásica, sin embargo, esta barrera no es insalvable. Prueba de ello es el proyecto Sonidos de la Tierra, que ha logrado insertar la pasión por la música clásica entre los más desfavorecidos social y económicamente.

 

Por último, pero no menos importante, es urgente el cambio de paradigma en la financiación de la música clásica. Es apremiante dejar de ver al Estado como único financista y apoyo de la cultura. La iniciativa privada, el emprendedurismo, el mecenazgo y la constitución de OSL deben abrirse paso en el mundo de la música clásica, aprovechando la abundancia de talento y la cultura amiga de la musicalidad, propia de este país.

El incentivo a la demanda y la iniciativa no estatal –es decir, fuera de los círculos de corrupción y politiquería usuales- repercutirán en la mejor preparación de músicos trabajadores. Al fin, los conservatorios y universidades tendrán la oportunidad de marchar al ritmo de las exigencias artísticas profesionales, reteniendo talentos y hasta importándolos del exterior.

 

Estas humildes sugerencias, y seguro algunas otras que se me escapan, están encaminadas a este deseo, compartido por todos los sinceros melómanos que habitamos en este país: el de disfrutar una primavera musical a todo con el resto del mundo, donde respiremos los compositores de antes y los nuevos, y donde la música clásica sea reivindicada como la música en la cúspide de su pureza.

 

 

sábado, 27 de abril de 2013

The God Complex - Doctor Who

El año pasado comencé a ver Doctor Who, desde la nueva serie (a partir del 2005). Una de las mejores series que vi en mi vida, si no la mejor.

El Doctor, el alienígena de rostro cambiante, personalidad nunca fija, con un enorme complejo de Dios. Nunca reveló su verdadero nombre (al menos hasta ahora), a lo mejor porque sabe que las palabras que empleamos para designar a las personas no hacen más que limitarlas y delimitarlas. El Doctor está más allá de la definición conceptual, y es un simple loco, un optimista desquiciado, un niño viejo que juega con la eternidad, un humanoide que se divierte simulando ser (¿o efectivamente siendo?) como un dios.

¿Por qué lo de dios? Porque rompe reglas y crea nuevas, salva vidas y galaxias, altera la historia a su capricho, se crea a sí mismo un mito que pervive en infinitas culturas en diferentes tiempos y lugares del universo, interviene frecuentemente en los asuntos humanos, entre otras acciones. Y lo más importante de todo: es inmortal. El Doctor, al morir, solamente cambia su aspecto físico y su personalidad, se "regenera". Atributos más bien de un semidios antes que un simple alienígena bonachón.

El Doctor viaja por todos los tiempos y lugares en el espacio, disfruta de un eterno ocio y de un estilo de vida lo más libre, gracias a la TARDIS, su medio de transporte viviente que asumió para siempre la forma de cabina de policía británica. Está demás decir que es mucho más grande por dentro que por fuera.

Podría discurrir muchísimo más acerca de la supuesta divinidad del Doctor. Pero ahora me conformo con reunir unos cuantos dichos de la serie a partir de la 5ta temporada (series 5), donde debuta Matt Smith en el papel del Doctor. Este (el 11avo) es el mejor Doctor hasta ahora.


"A good man goes to war" (S06-E07) El Doctor, un pacifista convencido y enemigo de las armas, se ve obligado a declarar la guerra y armar un ejército.



Demons run when a good man goes to war
Night will fall and drown the sun
When a good man goes to war

Friendship dies and true love lies
Night will fall and the dark will rise
When a good man goes to war

Demons run, but count the cost
The battle's won, but the child is lost

"The Big Bang" (S05-E13) El mejor final de temporada (y la mejor temporada) que haya visto en mi vida.  Una trama perfecta y bellamente escrita, con una complejidad y sencillez maestra. Es un genio Steven Moffat.  Abajo está la pequeña escena en donde el Doctor, temiendo desaparecer para siempre, revela cómo realmente se ve a sí mismo.

 "It's funny. I thought if you could hear me I could hang on somehow. Silly me. Silly old Doctor. When you wake up you'll have a mom and dad. And you won't even remember me. Well. You'll remember me a little. I'll be a story in your head. That's okay. We're all stories in the end. Just make it a good one, eh? 'Cause it was, you know. It was the best. The daft old man who stole a magic box and ran away. Did I ever tell you that I stole it? Well I borrowed it. I was always going to take it back. Oh that box. Amy, you'll dream about that box. It'll never leave you. Big and little at the same time. Brand new and ancient and the bluest blue ever. And the times we had, eh? Woulda had. Never... had. In your dreams they'll still be there. The Doctor and Amy Pond. And the days that never came. The cracks are closing. But they can't close properly 'til I'm on the other side. I don't belong here anymore. I think I'll skip the rest of the rewind. I hate repeats. Live well. Love Rory. Bye bye, Pond."



 River Song, la mejor contraparte femenina para el Doctor

"Trouble is, it's all back to front. My past is his future. We're traveling in opposite directions. Every time we meet, I know him more, he knows me less. I live for the days when I see him, but I know that every time that I do he'll be one step further away. The day is coming when I'll look into that man's eyes, my Doctor, and he won't have the faintest idea who I am. And I think it's going to kill me."  The Impossible Astronaut (S06-E01)




A Christmas Carol (Season 5 Christmas Special)

Child:: There's no such person as Father Christmas!

The Doctor: Oh yeah? Me and Father Christmas, Frank Sinatra's hunting lodge. 1952. See him in the back with the blonde. Albert Einstein, the three of us together. Vroom! Watch out! Okay? Keep the faith. Stay off the naughty list. 


The DoctorWho's she?
Old man: Nobody important.
The Doctor: "Nobody important". Blimey, that's amazing. D'you know, in 900 years of time and space I've never met anyone who wasn't important before.



Y mi frase favorita, de toda la serie. está en el episodio 6 de la 6ta temporada ("The Almost People")


Espero vivir de acuerdo a esta máxima, por más ingenua que parezca. 
Todo lo grande nace de la pureza. 

Hasta pronto!

lunes, 22 de abril de 2013

El tiempo, las relaciones interpersonales y el verdadero amo de la humanidad.



Cuántas relaciones se desgastan por la falta de tiempo, se marchitan para luego morir lenta e imperceptiblemente en el silencio.

Es el tiempo el mayor condicionante para sostener relaciones. Para entablarlas no es necesario, sólo bastan las coincidencias y el azar de la vida para encontrarnos con gente más o menos afín, personas con las cuales ejercitar nuestra individualidad y disfrutar del hecho de estar vivos. Pero esos encuentros fácilmente se evaporan, el devenir diario los entierra y nuestra memoria los desecha para hacer lugar a cuestiones “más importantes”.

Estás cuestiones tienen que ver, por supuesto, con el trajín diario para procurarse la propia subsistencia. El accionar económico, el homo economicus que es el que termino imponiéndose por encima de los demás homo sapiens.  La humanidad está sometida a la economía. Así que, olvídense de la libertad. Por el momento es tan sólo una quimera encadenada.

Al hombre, como si fuera un caballo con sus gringolas, le fueron arrebatadas sus horas, y no puede ver otra cosa que esa meta monetaria que se aleja cada vez más y más.

El tiempo humano fue expropiado por la economía. Y por añadidura, todo lo que ese tiempo construye –las relaciones interpersonales-, todos esos edificios sólidos que requieren de los cimientos apropiados, no se vuelven más que endebles estructuras que ceden ante el movimiento más insignificante.

Esta visión economicista hace rato que desbordó su medio ambiente original –el mercado– para impregnar las otras dimensiones humanas y cosificarlas. Hizo de la familia un mercado, del círculo de amigos también un mercado, y de las relaciones desinteresadas un simple intercambio con miras a la usura.

La batalla por sobrevivir primero e intentar vivir después, y por sobre todo, no caer, es lo que me ha alejado de mucha gente. Y sé que muchos también están en lo mismo.

Así, me lamento, cómo se me escurren esas personas a las que en su momento prodigué tanto cariño. O al menos, cómo desaparecen de mi camino esas personas que si bien no aportaron cuantitativamente, sí lo hicieron cualitativamente. Esos seres que hacen olvidar las malas noticias de todos los días, y que otorgan una esperanza incalculable en nuestra especie.

Pero tengo que ponerme una meta: un café, un encuentro, una salida, una llamada.

Espero conseguirlo.

Recobrar el sentido humanista de la vida. 

Porque ser estúpido y reírse, disfrutando de lo pequeño y sencillo, es algo que solo los inteligentes y los libertos pueden hacer. 

domingo, 21 de abril de 2013

Soundtrack sin película, el único divorcio que sale siempre bien.

Se dice (o al menos digo yo) que los mejores soundtracks son aquellos que tienen autonomía con respecto a las películas que acompañan. Este es uno de ellos. Jamás he visto la película, pero no es para nada necesario.

La música recrea la película con una majestuosidad que hace redundante cualquier acompañamiento visual. ¿A cuál película me refiero? A cualquier película que podamos concebir mientras nos dejemos llevar por la música.

Clint Mansell. A veces me pueden hartar un poco sus arpegios monotemáticos minimalistas, otras a veces me cansan y no logro entender en qué idioma musical me está hablando. Pero en otras muchas ocasiones, sus arpegios y la sencillez de sus piezas adquieren tanta contundencia, que es como si la música hubiese sido escrita para que yo la interprete en silencio, con mis oídos. Es en estas circunstancias que adquiero una gran intimidad con su música.

Veré "The Fountain", pero no me voy a apresurar en hacerlo. No quiero aún perder la magia auditiva de Clint Mansell.

El álbum completo podrá encontrarse en Grooveshark, pero les dejo un adelanto con este video:



martes, 16 de abril de 2013

Vista normándica del Atlas rebelde: "Crítica" amateur de La Rebelión de Atlas por Ayn Rand.


He finalizado la lectura de esta novela obesísima - con mil y pico de páginas- y tal suceso no podía ser ignorado en mi historia. Necesito dar una vista atrás, recapacitar si tales meses invertidos (en total, sumando y restando, estimo que resultaron casi 2 meses) fueron desperdiciados o valederos.

Primero que nada, ¿por qué emprendí esta gimnasia ocular? “La rebelión de Atlas” (de ahora en más LRDA) no tiene una especial importancia en la historia de la literatura -seamos sinceros- pero sí en la pugna ideológica del siglo XX. Ayn Rand ante todo fue una filósofa e ideóloga, no una malabarista de la ficción, y todas sus obras se encaminaron, no al goce estético ni al entretenimiento intelectual, sino a la propaganda. ¡Y qué más que “La rebelión de Atlas”, su ópera prima!

Pero no quisiera abordar ahora el “Objetivismo” (sistema filosófico) construido por Rand. Quisiera dar un vistazo más bien literario a lo que fue LRDA, si es que eso es posible. Pero me temo que no lo es. He buscado críticas que aborden la literatura (no la ideología) dentro de esta mini-necrópolis de árboles, pero las he encontrado muy pocas y demasiado breves.

Es que no es posible. En primerísimo lugar: LRDA NO es en realidad una novela, aunque aparente serlo. Es un manifiesto ideológico disfrazado, “novelizado”. Pero no una novela, u obra literaria per se.

La apariencia de novela sirve apenas como un vehículo, un mero instrumento, para que Rand ilustre su credo, y como tal, todo recurso literario empleado está subordinado al objetivo real propagandístico de este escrito mayúsculo.

Si a algo pudiera compararse LRDA, no es a una novela de Orwell o Kafka, sino a la Biblia cristiana o al Corán; es decir, a un texto religioso. No porque el ideario randiano sea similar al cristiano o musulmán –muy por el contrario-, sino porque este libro se encuentra lleno de recitaciones, prédicas, redundancias, diálogos altisonantes e inverosímiles, y más aún: personajes tan similares unos a otros que parecieran ser “clonados” o “calcados”.

Por otra parte, el libro sí es empleado como una especie de “escrito sagrado” entre los cultores de Rand, y de los defensores del capitalismo laissez-faire más radical. Aquí, en esta obra, la autora emplea personajes y situaciones que ejemplifican y ponen en acción su filosofía. Aunque en la práctica nos encontramos, la mayor parte de las veces, con sermones –no precisamente cristianos – de varias páginas de extensión, en donde se exaltan los postulados objetivistas, siendo los más citados el egoísmo y el capitalismo.

Los personajes

Empecé entusiasmándome por la protagonista Dagny Taggart: esa mujer fuerte e inteligente que es la directora de facto de la Taggart Transcontinental – sí, es una chica de alcurnia. Luego por Francisco D’Anconia, de más alcurnia que Dagny. Ambos me compraron desde el principio por sus caracteres rebeldes y sobresalientes. En especial la heredera Taggart: fue una gratísima sorpresa para mí encontrarme con un personaje femenino de tanto porte, para una época en donde la mujer es apenas un adorno del escenario.  

Y desde aquí comienzo a pintar mis impresiones no tan positivas. Aunque cada personaje  demostró cierta individualidad al principio, todos a la larga terminan siendo clones unos de otros, pese a las diferencias de género, nombre y profesión.

Dagny Taggart, Hank Rearden, Francisco D’Anconia, John Galt, Ragnar Danneskjöld, Midas Mulligan, Ellis Wyatt, es decir, todos los Atlas, son iguales. Piensan, actúan, sienten y se expresan igual. Lo que los distingue es, por supuesto sus nombres, y las relaciones que asumen entre ellos. Ellos son los Atlas, los superhombres (incluyo a las mujeres) capitalistas: los empresarios, las élites. Los practicantes del egoísmo y los opositores y exterminadores de toda forma de altruismo.

Una conversación entre los Atlas puede parecer más bien un monólogo. Las mismas expresiones que uno encuentra en un Atlas, son repetidas hasta el hartazgo por todos los demás Atlas en las páginas siguientes (“compruebe sus premisas”, “la realidad existe”). El vocabulario es el mismo, los sentimientos y pensamientos son calcados y coincidentes siempre.

Quizás Rand no quería personajes que brillen por su individualidad compleja y realista. No quería personajes conflictivos humanamente, con defectos y limitaciones. Rand quería, a lo mejor, arquetipos, dioses, que sirvan solo como transmisores de la Verdad Revelada objetivista.

Así como todos los Atlas son clones, los villanos: los “saqueadores”, colectivistas, altruistas, son todos igual de patéticos. No existen claroscuros: todos es blanco o negro. Los capitalistas, héroes individualistas, dioses  vs los saqueadores, colectivistas altruistas. Para los dioses,” la realidad existe”, y lo repiten cual martilleo insistente. Para los saqueadores, “la realidad es una ilusión”, y también lo repiten monótonamente.  Por ningún lado nos salvamos del concierto de loros.

Y por supuesto, no pueden faltar quienes estén en medio: los comunes, quienes deben elegir entre los dos bandos planteados. Estos ‘comunes’ son los hombres-ganado: los empleados, la clase media mediocre, los obreros más despreciables aún por ser remedos de humanos, apenas distinguibles de los animales. Son esas vidas que siempre deben ‘sacrificarse’, porque no valen la pena y no merecen existir – que es lo que Rand nos da a entender explícitamente cuando hace el recuento de los insignificantes pasajeros que van a morir en el tren, en la parte 2 del libro terminando el capítulo 7 –.

Entre los ‘comunes’ debo citar a Eddie Williers, el hombre mediocre más importante del libro, quien toma partido incondicional por los Atlas, hasta el punto de no importarle su propia vida. Eddie Willers es empleado de la Taggart Transcontinental y está secretamente enamorado de Dagny, y desde luego que no la merece. Dagny es una diosa, un arquetipo, sólo puede estar en los brazos de sus iguales: los Atlas Francisco D’Anconia, Hank Rearden y, por sobre todo, John Galt.  Jamás va a mirar a un empleado a quien da órdenes, que ha nacido para ser mandado. Un ser humano de segunda que solo sirve de apoyo a los grandes visionarios que son los Atlas. 

Así, en realidad pareciera que los personajes no existieran como entidades individuales, sino apenas como partes del todo que los representa. Los Atlas no serían más que emanaciones del Atlas ideal, los saqueadores no son más que reflejos del Saqueador último.  Y los comunes, homúnculos que proceden del barro homogéneo que los parió.

Los géneros dentro de la Rebelión de Atlas

Ayn Rand quiso incluir elementos de diversos géneros en LRDA: a menudo nos encontramos con romance, en otros momentos vemos algún que otro atisbo de ciencia ficción, y una pizca de episodios detectivescos. Todo en un envoltorio distópico.  Se pretendió armar una sopa con el fin de, muy seguramente, otorgar una variedad que haga más o menos interesante la filosofía para los tiempos en que se publicó originalmente.

Romance

En cuanto a romance, en todas las parejas relevantes que vemos figura Dagny Taggart: Dagny/Francisco; Dagny/Hank y por último Dagny/Galt.  En los diálogos de amor entre estos personajes se nota (con mayúscula) que Rand fue guionista de cine en su época –allí por los 40, 50- puesto que encontramos enunciados clichés-dramáticos propios del cine de esas décadas, pero con añadidos filosóficos objetivistas
.
La búsqueda de amor y placer de Dagny da para un ensayo autónomo, que no pretendo hacerlo yo ahora. Dagny debuta en el amor con su amigo de la infancia Francisco D’Anconia, también heredero de una poderosa empresa. Ambos emprendían aventuras infantiles donde fantaseaban sobre su futuro como importantes titanes de la industria, todo con miras a honrar a sus respectivos antepasados: Nathaniel Taggart y Sebastián D’Anconia, forjadores de sus respectivas fortunas familiares.

Francisco, en cierta manera, representa la infancia de Dagny. Es su mentor, y con él –y gracias a él – empieza a elaborar su filosofía de vida individualista, que mantendrá de por vida. La juventud -y sus consecuentes responsabilidades como herederos- termina separándolos; y unos años más tarde, Dagny vuelve a encontrar a Francisco, pero esta vez irreconocible. Francisco, quien otrora fuera un orgulloso heredero, inteligente y brillante promesa capitalista, se transforma en un vulgar playboy derrochador, muy para desilusión de Dagny.

Hank Rearden, pareciera simbolizar la juventud de Dagny. En él nuestra protagonista  proyecta su  propio afán por alcanzar sus ideales, buscando una reafirmación para vivir de acuerdo a su propio credo. Hank es la fortaleza que Dagny necesita para hacer frente a los saqueadores. Él es su compañero de lucha, su cómplice, y juntos forman una alianza contra el derrumbe exterior comunista. Sin embargo, Hank es apenas un presente fugaz para ella, un asidero para aguantar mientras el derrumbe pasa,  jamás lo vio como su ideal permanente.

Y finalmente, John Galt, quien resulta ser la resolución y la cúspide de todos los anhelos de Dagny.  John Galt es el paradigma individualista-capitalista masculino para Dagny, la convergencia de lo más sublime y elevado, la más pura inteligencia con la más lejana visión –por algo a la “Atlántida” se la llama también “la Quebrada de Galt-.. Dagny cae rendida ante Galt, sin vacilar siquiera en convertirse en su sirvienta durante un mes. Y, como era de esperarse, Dagny abandona a su anterior amante por Galt.

Ciencia Ficción

La ciencia ficción se presenta fugazmente en el metal de Rearden, pero no es sino hasta las apariciones del motor de Galt y del proyecto X que este género se constituye como una especie de “subplot”.

Pero no lo hace de manera impactante ni verdaderamente relevante.  Estos avances científicos ficticios son meros instrumentos –excusas– para poner en acción la filosofía objetivista. No es ciencia ficción como lo demostró en su momento el gran Asimov, donde la ficción científica sí se convierte en el eje del relato, explotándose todas las implicancias que el avance en cuestión representa en el universo construido en el relato. La ciencia ficción queda relegada aquí, en nuestra novela randiana, a simple fantasía que impulsa a los héroes en su lucha por la sociedad elitista y egoísta que ellos tanto ansían.


Veredicto personal


No todo me pareció “latoso” en este libro, que a simple vista parece un diccionario –por lo voluminoso –.
Reconozco la prosa aguda de Rand, esa prosa que convierte a cualquier oración en una expresión memorable y penetrante, que convence por su despojo de toda artimaña estética, desnudándose así su poder filosófico.

Es una obra que invita a la más crítica reflexión sobre el ideario propuesto por Rand. Ese organismo doctrinario hijo de Aristóteles, Nietzsche, Smith, Locke, y que luego pariría a los actuales paladines pensadores del capitalismo laissez-faire.

Varias de las proposiciones de Rand tampoco son de rechazar a vez primera, sin antes masticarlas bien. Aplaudo su férrea defensa del individuo ante un mundo que intenta disolverlo y manipularlo. Aplaudo además el hecho de que haya sido una mujer intelectual que supo ganarse su lugar a través del solo poder de su intelecto, sin importar su género ni el hecho de haber sido extranjera en la nación que la propulsó (EEUU).

¿Vale la pena esta lectura, según mi perspectiva? Depende. Un GRAN depende. Si uno busca literatura principal y solamente -sin importar las connotaciones ideológicas y políticas-, es decir, si uno sólo busca el placer de una buena historia bellamente narrada y redactada, la respuesta es un NO. LRDA no fue elaborada para tal propósito. Esta es una obra mayoritariamente tediosa, excesivamente extensa, donde se narra, no una atrapante historia estéticamente agradable, sino una exposición doctrinaria y filosófica, simbolizada por elementos novelescos.

Por otro lado, si uno está al tanto de la batalla de ideas de hoy en día, y quiere conocer una de las obras más emblemáticas de uno de los actores ideológicos más influyentes en esta guerra por la cosmovisión de los individuos –guerra  afecta a todas las esferas de nuestras vidas-, la respuesta es un SÍ obligatorio.

Por más de que uno termine rechazando su propuesta vital, es menester conocer primero el ‘sistema’ ideológico manufacturado por Rand leyendo esta novela. Y este sistema, así como “La Rebelión de Atlas” son, más que nada,  consecuencias de la vida y los tiempos de Ayn Rand.

Ayn Rand, una muchacha rusa ilusionada por el sueño americano, sufrió en propia vida las políticas comunistas de la extinta URSS, al expropiarse la farmacia de su padre. Huyó a los EEUU deseando convertirse en una de las guionistas más renombradas de la era dorada de Hollywood, y sin embargo, terminó legándonos una filosofía encerrada en novelas. Esta misma muchacha, que tras padecer el radicalismo soviético, nos hereda otro manifiesto, diametralmente opuesto al comunista, pero tan extremo como éste último. 




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sábado, 30 de marzo de 2013

20 - 13 y Caos Quest 2.

El primer post inaugurando el año impar, dos mil años, una década y tres años luego del mítico nacimiento de la figura considerada como el eje de la cultura occidental (es decir, la heredera de Grecia y Roma) y luego adoptada por el resto del orbe.
Exceso de palabras para decir: "primer post del 2013". 

El 2012 se despidió mal:  falleció Chester. En otro momento escribiré sobre el. Pero desde el año pasado, el es parte de mis letras. Chester se fundió en mi ADN creativo desde que nos empezamos a tratar. Mas no hablaré ahora sobre su desaparición física. No. El no se fue.

Los primeros meses del 20 y 13 fueron terribles y peor aún, definitivos. Pero aquí estoy, como se dice vulgarmente: "lo que no te mata, te fortalece". Bueno, en el peor de los casos, te vuelve adicto, o te enloquece. Yo hasta ahora no puedo definir la cordura. A lo mejor porque no la conozco.

Y acá comienzo con lo último: aunque sorprenda, Caos Quest continúa. Se dice que lo más difícil no es comenzar sino continuar, y en verdad que es así. El 2do número ya existe, tiene vida impresa. Con bastantes cambios y aggiornamientos, y señales de crecimiento y adaptación, como cualquier organismo vivo. Falta que se reproduzca, pero aún no llega a la adultez.

Nació con una mujer en la portada, no para hacer gala de un femin-ismo divisivo, sino para reivindicar la multipolaridad de la realidad. Que la fuerza no es monopolio exclusivo de un sector previamente designado y privilegiado por quienes ejercen el poder. La fuerza es instrumento aún de quienes son considerados 'débiles'. La fuerza puede nacer de la debilidad, y lo hace. La fuerza entendida no sólo como fuerza física, por supuesto.

E Irene -la mujer aquí dibujada- pertenece y emana del grupo de los 'débiles' -por lo de mujer, desposeída y abusada-. Pero claro, esa categoría de 'débil' no es más que un calificativo conveniente otorgado por aquellos, que desde arriba, pretenden seguir manteniendo sus privilegios a costa de los 'débiles', llegando a trastocar incluso el significado de las palabras.



Seguiré ahondando en cuestiones sobre esta y más, con respecto al cómic. Mientras tanto, estará el sábado 6 de abril. Sí, él intentará hacer parcialmente ese trabajo: explicar un poco esta figura que aún sigue moldeándose. 

Agridulce historia la de desafiar  la realidad, pesimista, con un sueño ingenuo y casi inverosímil como este, ¿no?: el de entretener a mentes abiertas con arte y letras en esta isla.

¿Existen mentes "abiertas" en esta isla? Bueno, haré una encuesta para un próximo post. 


¿Por cierto, quién es el sábado 06 de abril? Él es el lanzamiento "oficial" de Caos Quest 2. Digo "oficial" porque difícilmente lo oficial sin comillas vaya conmigo.

Aquí les presento. Ojalá puedan entablar una linda relación ustedes, y asistir a la cita. No les prometo matrimonio, pero sí, ojalá, un bello noviazgo.







jueves, 6 de diciembre de 2012

"De cómo un alma bienaventurada huyó del paraíso celestial" - cuento de Chester Swann







          Tomadme por loco si queréis, mas no dudéis de las palabras de este  servidor. No me ofende  profesar  el  desvarío  ni  la poesía contenida en los sutiles suspiros insondables del cosmos  y que aún laten en mi interior.

La santa locura de lo místico me  impulsó  en vida  a la búsqueda de  lo absoluto, obcecándome neciamente en el mal llamado Sendero de la  Bienaventuranza.  Conseguí tras negármelo todo a mí  mismo por la vida, trasponer las puertas del Paraíso tras mi desencarnación física, pero... ¡a qué precio, amigos!  Me autoflagelé con el  látigo de la templanza, me marginé con las alambradas espinosas  de  una falsa humildad, e inmolé los  goces de  la materia viviente,  en el ara hipócrita  de las virtudes farisaicas.  En  fin, me torturé ¿santamente?  para tener  el dudoso privilegio de integrar la legión de los castísimos bienaventurados. Es decir, de los enemigos de la efímera alegría que endulza —de tanto en tanto— nuestra azarosa pasantía en el Valle de Lágrimas. 

No negaré la dicha que me produjo mi  ingreso  al  Empíreo tras  la  muerte física. Todo luz, todo claridad;  música angélica de galácticos instrumentos  y espirituales vo­ces de cristalino timbre... ¡al  punto  del hartazgo! La  mistérica y severa paternalidad del viejo  demiurgo Sabaoth nos inspiraba  más  temor  que amor. Sus hieráticas huestes angélicas, de filosas y flamígeras espadas  y  candentes  adargas,  no  nos hacían sen­tir libres ni  filiales.  Más  bien, sentíame  poseído   por   alguna  pesada  y  omnipotente  burocracia celestial,  si no alimento de ella o algo peor.    

Una perspectiva de eternidad en el paraíso llegó a hacérseme  insufrible hasta las heces. Ciertamente no padecía esas sensaciones corpóreas de sed, hambre, dolor, vacuidad o plenitud. Tampoco experimentaba la cruda dureza de las expiaciones  a que me sometí en vida física  para poseer la corona de los Elegidos del Señor; pero cierto tufillo de decepción  y  tedio se extendió a lo largo, alto y ancho de mi alma  —sin cuerpo que la apri­sionara ni mente falaz que la tentase—  y lo luminoso fuese tornando gris y casi opacente, lo musical fue haciéndose ruidoso, lo laxo volvióse  tenso, cual  arco saetario de los Guardianes del Umbral. En fin, la dicha inicial tornóse en aburrimiento grisáceo ad æternum.

Por otra parte, la inacción beatífica y las  reglamentarias ala­banzas corales al Más Alto, se tornaron irritante y lacayuna  rutina celestial. Sinceramente, no esperaba todo esto cuando anhelaba “la salva­ción eterna”. Como alma bienaventurada no disponía de opciones. Ni si­quiera un tour  por alguno de los purgatorios,  una expedición  explora­toria al submundo del Averno (¡ida y vuelta, por supuesto!), o visitas furtivas a la legendaria Gehena. Debía, como todos, permanecer entre las almas castas y puras (ergo; aburridas e insulsas) que habían malgastado sus vidas físicas para llegar al  mítico Paraíso Celestial. Fue al darme cuenta de todo ello y razonar sobre lo que me aguardaba, que decidí meditar el modo de huir de la diestra del Padre;  con todas las consecuencias que ello me deparase.

El Paraíso no tiene  murallas visibles, rejas  ni candados. Pero si difícil es vivir duramente —castigándose con cilicios, penitencias y cáli­das meaculpas—  para ingresar en él,  imposible o poco menos es salir  de allí. Siglo  tras siglo lo intentaba, mas nadie se daba por enterado de mi hastío y  urgentes deseos de evasión de la Patria Celestial. Ni tan siquiera los ángeles, arcángeles, querubines, serafines, tronos, potestades y archidones de la celestial cohorte jerárquica, redoblaron la férrea y administrativa vigilancia de las puertas intangibles y las inviolables fronteras celestes. Simplemente  me ignoraron  o quizá fingieran hacerlo.

         Si por lo menos aquéllo  fuese el  tal “paraíso terrenal”, de sabrosos frutos y colorida  flora ubérrima,  tal vez  me sintiese más a mis anchas, como diría algún grosero marino gallego.  Pero en el universo dimensional de la no-forma, todo es espiritual y puro  —tal vez para evitar nuevas incursiones fálicas de la tentadora sierpe de la sabiduría—, previendo el peligro de recaídas y ocultas subversiones con­tra la deidad altanera, feroz y omnipotente, ¡vaya uno a saber! Hasta hubiese deseado profesar el nihilismo  nietzscheano para ser juzgado por la celeste inquisición y expulsado nuevamente al mundo, o donde quiera que hubiese vida.

Naturalmente, la comunicación  con  el caluroso Hades era imposible. En cuanto a los limbos purgatorios, estaban  más cerca del mundo terrenal, pero alejados —en años-luz— de nosotros los espíritus bienaventurados  per sæcula sæculorum  para desgracia mía.

Busqué la compañía de otros espíritus como yo, consumidos por el tedio eternal y cuya efímera existencia física se hubiese carac­terizado por el desapego y la negación de sí mismos. Es decir: santurro­nes, beatos, ciegos devotos del áspero fanatismo del cilicio penitencial y enemigos de la belleza, la alegría, la sabiduría filosófica y el excitante goce de la espe­culación intelectual. De seguro, estarían tan arrepentidos como este servidor  de haber desperdiciado  sus sentidos y su vida terrenal e irrepetible, persiguiendo exageradas quimeras celestiales y escatológico cual dudoso cielo. Pensé que tal vez me comprendiesen y compartieran  mi hastío.

Encontré ¡oh, desgracia! un alma, que en vida fuera monje dominico; ascético, cruel, apasionado y algo  perverso, como salido de la delirante imaginación de Sade.  Ganó éste, su  si­tial  paradisíaco delatando a divertidos herejes, más devotos de la carne y el buen vino que de lo demoníaco o maligno. Pero cuando supe que su nombre fue sinónimo de torquemadismo sádico, huí de su compañía como de  mortífera peste. ¡Hasta podría haber sido el mismísimo Torquemada!
Otra alma que  conocí en las alturas se me reveló como deten­tora, en su vida terrenal, de gloria y  poder  omnímodo como vicario del Señor. Pero sus muy tortuosos métodos de evangelización no gozaban de buena fama.  Habría sido Papa, con el nombre de Rodrigo Borja o Alejandro VI —quien tuvo hijos bastardos e incestuosos y sobrinos criminales—,  siendo él mismo, protervo y falaz. Quizá su tardío arrepentimiento lo trajo —aunque a tientas—  al Paraíso. Tampoco pude relacionarme con tal empedernido bellaco, que bien supiera de epicureísmo antes que de aristotelismo.

Procuré conocer algunos lúcidos espíritus angélicos desconten­tos, como los que se sublevaran eones atrás contra el demiurgo y engro­saran las huestes subversivas de Lilith y Belial. Tal vez fuesen éstos más permeables —a las ideas libertarias que no libertinas que serpenteaban en mí— y me condujesen a secretos pasadizos de salida. No lo conseguí. Un ángel  de andrógino aspecto de nombre Anaël, casi delató mis pro­pósitos a la jerarquía. Todos los ángeles de dudosa o tibia fidelidad fueron exportados o deportados al Hades, junto con su caudillo rebelde; el luminoso  arcángel Luth Baal.

Los muchos que quedaron  en  el Empíreo eran fidelísimos y fanáticos vasallos del  Más Alto. Incluso éstos, reprobaron mis tí­midas insinuaciones acerca de una liberación.  Si no delataron mis intenciones, sería por la escasa importancia de un alma perdida en el océano beatífico. Mas me sometieron a  discreta vigilancia para evitar la propagación de ideales contrarios a los imperantes en la Gloria Celestial.

Me incorporaron —medio forzadamente, justo es reconocerlo— a un coro de Elegidos, donde bien poco pude hacer para lograr mi meta. Hube de entonar salmos, elegías, misereres, alabanzas, oraciones, letanías, endechas, odas, loas, jaculatorias y aleluyas al demiurgo —pese a mi reluctancia— sin disponer de tiempo libre para maquinar fugas imposibles. Todas las vías  estaban vedadas  a la evasión tan largamente anhelada.        
                  
La desesperación que me atenazaba aumentaba  en forma exponencial y geométrica, sin alivio ni respuesta. ¿No habré pretendido la gloria y, por causa de mi vanidad llevado a una suerte de infierno conceptual e incognoscible? No lo sé aún. Apenas tenía respiro entre un salmo y otro. Hasta deliraba creyendo ver desnudas Evas entre las numerosísimas legiones de almas luminosas que me rodeaban. Mi tensión experimentaba estados rayanos en lo esquizoide, sin alivio posible. Llegué a razonar que mi presencia en ese lugar era más bien producto de algún craso error burocrático de la Jerarquía, que de mi  piedad  terrenal.

            Tampoco parecía notar descontento entre las miríadas de espíritus  que me rodeaban hasta casi asfixiar mi angustia. Todos aparentaban estúpidamente eufóricos y horriblemente beatíficos, cual si estuviesen poseídos por alucinógenos alteradores de conciencia. Parecían éstos efectivamente gozar de su servilísimo sometimiento al demiurgo Sabaoth o Ialdabaoth; también conocido como Yah’Veh o Tetragrammatón, para quien en-­tonábamos himnos  zalameros y alabatorios y alguno que otro ¡hurra!  de militantes ultras,  beodos, retros y  desbocados de opus ætillicum. Mi desazón continuaba  en ascenso; como los calenturientos deseos que me impulsaban hacia lo fisicarnal, febril e hiperbólico.


Si tuviese corazón acabaría éste por  estallarme de tensión,  sin duda. Llegué a pensar que mi presencia en el Empíreo fuese algo así como una especie de cópula contra natura. ¡No sabéis lo que implica sentirse sapo de otro pozo; como monja en burdel, Lenin en el Escorial; cardenal en el Kremlin o político paraguayo en Harvard! ¡Más desubicado, imposible!

En  vida física supe lo que era  rendir  culto  y fiel  devoción  de  lealtad a inmisericordes tiranos. Si bien, traté de mantenerme apartado de cortesanas pompas,  fui —alguna que otra vez—  impelido a besamanos y vasa­llaje y  hasta  a  humillantes  sesiones de Te Deums,  ofrecidos por el príncipe de turno,  agradeciendo a la divinidad por su totalitario poder. Mas, nada comparable a la seráfica y beatífica tiranía de un ser supremo  —o que por lo menos cree serlo—  aduladores y necios fanáticos  mediante.

He visto, en vida terrenal,  a legiones  de sacerdotes  y  purpurados  cometer sacrilegios que, a cualquier infeliz llevarían al patíbulo o la hoguera seglar. He sido testigo de deslices pecaminosos, de insospechables esposas del Señor, amparadas en el secreto de confesión y en su abolengo. Fui  conocedor   de crímenes y asonadas palaciegas en nombre de lo más sacro;  de incestos y aberraciones clericales y laicas, dignas de anatema. Hasta  he firmado bulas y enchiridiones   —contra reales o supuestos herejes y relapsos— con lo cual, sobradamente me hubiese correspondido un sitial en el reino de Baal Z'ebuth o en las profundidades  visitadas por el divino Dante. ¡Pero ya era tarde entonces para arrepentirme de todo lo que no hice!

Y heme entonces en las alturas, en el coro de los escogidos,  maldiciendo el tedio  de la pura y  eternal  bienaventuranza de los corderos, o dicho mejor: carneros del Señor. Evidentemente, las Leyes Cósmicas deben tener algunas fallas u omisiones. Reconocí entre las innúmeras almas a tantos pecadores como virtuosos arrepentidos, sublimados por algún craso error del  solemnísimo  aparato de las pompas celestiales, quienes creen aún disfrutar del privilegio de su condición de supina ignorancia y beatitud  y, donde uno, no está seguro de cuál precede a cuál, ni de las supuestas virtudes  de ambas.  Sólo sé, que son mucho más felices los ignorantes o  mediocres que el sabio estoico y el filósofo, curtidos en el dolor y la duda: esa madre sufrida del saber.

¿Qué cómo logré finalmente huir de la bienaventuranza ce­lestial?   Bueno, me enteré por  infidencias de un  espíritu  pobre  de solemnidad —uno de esos bobos que aspiran a heredar el reino—, de que un grupo de querubes de  inferior jerarquía entre los fieles legionarios divinos, partiría al mundo material en misión de agents provocateurs,  para tratar de conquistar almas para el demiurgo. ¡Es que los luciferinos cose­chaban conciencias que daba pánico! El demiurgo, Yahvéh-Ialdabaoth —también conocido como el innombrable, Altísimo, Bendito o Tetragrammatón  Tetragrammatwn el de los cuatro grafemas)—, es celoso y terrible cuando de almas y  teolatría se trata, y no toleraba disidencias a su culto.

Me ofrecí como fiel voluntario para reencarnar en la Tierra. Si bien, no las tenía todas conmigo y ciertos vigi­lantes dudaban de mis propósitos, logré eludir  los rígidos controles de las alturas siendo  admitido a dicha Misión proselitista. Sólo faltaban unos trámites de personalización acerca de los seres cuya identidad asumiríamos en el llamado “Valle de Lágrimas”, para partir luego a renacer  en el cuerpo de un futuro predicador fundamentalista neotestamentario de fustigante lengua, dudosa moral y  apocalíptica verborragia. ¡Lo que fuese con tal de abandonar el Paraíso!

¿Se darían cuenta de mis intenciones? Es probable, pues el demiurgo es casi omnisciente y era muy probable que adivinara mis sentimientos. Pero estaba seguro de que mi presencia en el Empíreo estaba demás.  Amo demasiado la libertad para gozar  de la celestial prisión y de sometimiento alguno a nadie que no fuese mi propia conciencia.

Mas, para que mi plan saliera bien, era preciso asumir mi calidad de evadido del Reino de los Cielos. Sería  eternamente proscrito, sin acceso a los avernos ni regreso posible. Mi nombre sería puesto en anatema y borrado para siempre de los angélicos registros. Me tornaría maldito como el Judío Errante, como Baruch de Spinoza, Voltaire, Nietzsche o como las derruidas murallas de Jericó y Cartago. Hube de sopesar todas las mínimas posibilidades y asumir las consecuencias de mis afanes libertarios.

Al final, me decidí por la libertad. ¡Y heme aquí, en este planeta, entre vosotros;  condenado por siempre a vivir, morir, renacer  y  re-morir, volviendo a  renacer y a recontra-morir  hasta el final de los tiempos! 

Mas, les puedo asegurar que ha valido la pena.  Nada como el libre albedrío de elegir entre la razón y la sinrazón; entre la esclavitud áurea, o la  subterránea  libertad; entre la implacable justicia y la hipócrita caridad;  entre  ser cínico  fariseo o vil publicano, virgen o Magdalena, opulento o miserable. ¡Todas las vidas y pasares me estarán eternamente permitidos! Hasta podré  ejecutar  los doce trabajos de Hércules e incluso, ejercer el oficio de pecador impenitente o santo irredento, sin temores de ultratumba ¡total, ya estuve allí!  Tiempo es lo que me sobra. 

Han marcado mi frente con el estigma de Caín, por lo que nada ni nadie podrá hacerme daño jamás. ¡Y no se imaginan ustedes las ganas de vivir y la famelitud de sensaciones que llevo conmigo! 

¡Alcáncenme  una guitarra, una copa de vino generoso y que prosiga la fiesta! 



(1er. Premio del VI Concurso Club Centenario 2000)

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Chester Swann, o el Lobo Estepario, toda una leyenda que habita en esta isla rodeada de tierra (sin limitarse a ella): escritor y músico, pero no sólo eso: es además poeta, ilustrador, diseñador, pintor, artesano y fungió otrora de periodista y caricaturista. Pero por sobre todo, el se define como hombre rebelde, como ácrata y comunicador/luchador contra la estupidez reinante. Sin amos ni dioses. 

Todo un hombre Renacentista (¿o futurista?) completamente discordante con la imbecilización actual, como él lo diría. 

Víctima de la dictadura stronista, pionero involuntario del rock paraguayo, escritor prolífico de obras irreverentes, sublimes y agudas que están inmortalizadas en el ciberespacio (www.tetraskelion.org) . Habitante del Cosmos que lo ha retratado en sus pinturas,  y por sobre todo, portador de la Luz. 


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